Así cavilaba en la mañana helada y madrugadora envuelta por la niebla, esperando el autobús cobijado en la pequeña intimidad de una marquesina, donde a tales horas intempestivas una señora de una elegancia afrancesada no para de dar explicaciones a quien podría ser su nieto, y este no para de preguntarle cual niño “repolludo gustavito”. Tarda y llega el bus urbano 27, plaza de Castilla.
Con la calidez interior, arrebujado en el asiento, la imaginación juega a hacer pasar el rato mientras la vista se entretiene como en fotogramas recuadrados en la ventanilla, en los monumentales edificios ya históricos y en las impresionantes moles modernas mientras se desciende por la rúa más “importante” de la capital.
Levanta la niebla en Cibeles donde diviso una gruesa cola que merodea la puerta principal del Banco de España. ¿No será para retirar los últimos fondos de una crisis que aprieta y se teme la bancarrota? … No. La cola continúa acera abajo del Paseo del Prado y a la altura del museo Tissen; ya en Neptuno, ni rastro de ella. ¡Que relajo!, este país va siendo muy cultural … Desciendo a la vera del hotel Palace y me dirijo emocionado hacia la entrada principal del CONGRESO DE LOS DIPUTADOS. ¡Atención, ministerio de la Igualdad! ¿cómo es que no pone también Y DE LAS DIPUTADAS?. ¡Como esté recibiendo la Sra. Ministra me va a oír!, ¿cómo es posible, que precisamente en el lugar más emblemático de la representación popular, allí donde claman por la igualdad y la no discriminación de género, se cometa tal cínico dislate? ¿cómo es posible que atareados y atareadas (no vaya ser que …) en asuntos tan importantes se les pase esta “nimiedad”? ¿dónde están los observadores críticos?.
Subo por la acera de la puerta principal (¡ingenuo, por ahí no!) donde se ve una pequeña colita. Me acerco pensando si es que tal día 8 de Diciembre de 2009 han abierto gratuitamente todos los museos de Madrid al mismo tiempo. Un policía no para de repetir a todos los incautos que por allí acudimos, que por ahí no se entra, que hay que dar la vuelta por el otro lado. Una tiritona, y no del frío que hace, me estremece y me hace contener la rabia. ¡Qué museos, ni que gaitas! más que todo eso puede el morbo televisivo, y en mí también. Desando los pasos y como barruntaba, la enorme cola ahí esta esquivando el museo Thyssen-Bornemisza y asciende por la calle Zorrilla siguiendo las aceras en quebrada de las calles adyacentes.
Hoy le ha salido al Congreso por la parte trasera una cola viva consustancial del pueblo que lo alimenta, que va reabsorbiendo, y no obstante sigue creciendo y llega serpenteando hasta casi Sevilla (la boca de metro se entiende) en la plaza Canalejas.
Una cola de la España variopinta que avanza a intervalos cortos transmitiendo un movimiento a modo de muelle. Son momentos propicios para entretenerse, ya que la mente no para, en reparar en el paisanaje: un tullido con la barbilla casi rozando el suelo; seres encorvados que no pueden casi con su alma; una pareja de tórtolos acaramelados en arrumacos como si no fuera con ellos la longitud de la cola; mucho sudamericano con esa fruición que supone integrarse por la puerta grande de la representación del pueblo soberano; no muchos jóvenes, pues pasan a otras inquietudes; familias “correctamente” compuestas; gente mayor sobre todo, imbuida en nostalgias históricas. Sobra tiempo para querer adivinar o intuir la motivación de aguantar ya una hora y media con el frío circundante y el cansancio mental y corporal. En este país las colas siempre han ejercido una fascinante atracción, sea para lo que sea, ¿será por el caldo caliente o el chocolate que dan en el recibidor (ambigú, que dirían los castizos) o por el morbo contributivo de la televisión o por mimetismo o incluso masoquismo o otras muchas más motivaciones; es que hay gente “pa tó”, y el más “gilipollas” yo, queriendo ver donde trabajan aquellos que aún pagándoles y sin hacer esta heroica cola no pisan mucho la sala principal de plenos y que abandonan a la menor oportunidad.
¿Por dónde iba?, ¡ah!, subiendo la calle Zorrilla, ¡por cierto no ví putas ni maricones, o no miro con intención o me pasan desapercibidos; estarán en otros menesteres.¡Ya se divisa la trasera del Palacio!; miro la hora, ¡son 2 horas y 20 minutos sin llegar a la meta!. Miro hacia atrás y se pierde la vista entre los recodos en más de un kilómetro de gente, que se me antoja extraterrestre, una sufrida multitud, a lo lejos en la distancia se difuminan los contornos y las discontinuidades y entre las lóbregas vestimentas resalta el colorido de la gorra roja y el abrigo verde de la señora afrancesada.
Al sobrepasar la última esquina, a pocos embates postreros se destapa la entrada ansiada. Todo ya discurre casi dejándose llevar … ¡Ya estamos dentro!
Gran y extensa organización operativa. Aligerando
- por favor depositen todos sus bultos sobre la cinta controladora y entreguen el DNI -
se avanza unos pasos. Recogidos los bultos y el carné de identidad
- ¿un caldo? ¿un chocolate?.
Al pie de la tribuna de oradores un pequeño remolino alrededor de algún político… Es Llamazares.
- ¿de donde viene? – con tono tirando a confidencial
- de Almansa – remarcando la última palabra
Pregunta y respuesta concisas, definidoras. Saluda manualmente hasta a la fotógrafa y despedida; no es propiamente el momento de extenderse (sí me hubiera gustado comentar el panorama político) pues hay cola que aguarda para la mano y la foto.
Al lado, me encuentro con la desesperanza. Una cinta impide el acceso por la escalerilla que conduce a la tribuna de oradores; así que el corte de manos a diestro y siniestro queda frustrado.
Te aligeras hacia la salida con la impronta muy particular de allí, de donde se determinan, se hacen, se discuten y se aprueban las leyes que conforman el Estado. Y sales equipado. Piensas, ¡pero que listos son nuestros representantes!: primero te lo hacen desear, después te calman y reconfortan con algo caliente, después el gran espectáculo, y por último te entregan un paquete “congreseril” consistente en una mochila en granate, conteniendo - contra el frío exterior - un gorro, una bufanda y unos guantes, y lo más importante un librito de la Constitución para hacer ciudadanía. ¡Pero hay que ver como nos cuidan! ¡tenemos los padres de la Patria que nos merecemos¡
Y pensar que a otros ciudadanos les pagan por llenar la ansiada sala de Plenos y aparece con frecuencia ante las cámaras de TV con menos de un quinto de entrada! ¡Cuánto sacrificio para estar un rato en el Congreso y otros que pueden estar y les pagan por ello, parece, da la impresión de que no pudieran aguantar y salen “pitando” cuando habla alguien que no “pinta” mucho en el organigrama!.
Ha costado paciencia y esfuerzo la visita, pero se sale reconfortado.
Esto le deseo sufrido lector, por aguantarme.
Cordial
Antefaz