Siempre que se habla del antedicho tema se dice que mucho se ha hecho y mucho falta por hacer.
En el ámbito laboral, lo de siempre, que la mujer gana una media del 17 % menos que el hombre. Hay que distinguir y matizar. Por lo pronto habrá que descontar que no existe discriminación en los puestos de trabajo de la Administración, y en las empresas privadas sería interesante conocer en cuantos casos la mujer cobra menos haciendo el mismo trabajo.
Es un tema manido que sobrevuela constantemente, halcones y bubillas o águilas y gorriones, que persiste y persistirá hasta posarse en larguísimo plazo, mientras haya dos sexos. Y siempre lo mismo ¿por qué la eterna confrontación a raíz del sexo?, para algunos ¿no será la maldición divina al ser arrojados a este jardín de los castigados por hacer un mal uso de él?
Solo algún chispazo previsible al mentar las listas paritarias, sacan a la superficie el cariz político que por supuesto lleva
En este asunto se retuercen los argumentos cayendo en contradicción. Con todo lo que se ha dicho de la igualdad, ya conformada por ley ¿por qué hace falta forzar o romper el campo de juego, si las reglas son nítidas e iguales para todos? ¿por qué se prioriza el género sobre la capacidad personal con independencia del sexo que se porte?. Es que además es vejatorio con la mujer cuando se aprecie que su posición se debe a su condición femenina, cuando puede haber varones más preparados para realizar el mismo trabajo cobrando por supuesto lo mismo; o al revés. Cuando se lucha por la igualdad hay que empezar dando ejemplo y defender sus derechos con la legislación vigente indiscriminatoria y nada más.
El aceptar la mujer la paridad ya denota inferioridad, pues ¿por qué no pueden ocupar los primeros puestos las más dotadas? en la proporción que sea, la justa, sin discriminación, ni positiva ni negativa, pues en un régimen de igualdad legal (como es el que tenemos) si hay una discriminación positiva, para que le fiel de la balanza señale igualdad, habrá una compensación con discriminación negativa por el otro lado. Se diga lo que se diga, obligar al asignado 60 % y 40 % (¿por qué no el 75 % y 25 %? o el 90 % y el 10 %?. ¿es que la diferencia entre los porcentajes marca la desigualdad farisaica para los que predican que el hombre y la mujer son poseedores de los mismos derechos y deberes, sin distinción de sexo en el mismo plano de igualdad. Es apodíctico que la aplicación de porcentajes, socavando la igualdad, es vejatorio para unas o unos e injusto para otros u otras. Puestos a aplicar la discriminación positiva ¿qué me dicen del colectivo de maricones o de los gays o de las lesbianas? ¿no habría que reconocerles con un porcentaje? ¿y a los negros, chinos y otras razas o procedencias? ¿no se merecen la positividad?; incluso a la “tercera edad” olvidada. ¡Qué follón! . ¿No es más natural, lógico y racional no intervenir tanto en esto una vez que la legislación elimina toda la discriminación y nos hace iguales? ¡que en la realidad se da la discriminación!, ¡igual que se dan otros males!; pues para eso está la libertad y
el recurso a la Justicia.
Las verdaderas defensoras, de fondo, de la mujer; son las que no quieren prebendas, pues su orgullo de mujer puede más que la concesión por discriminación dirigida y además falsamente terapéutica para que en un futuro se cure el mal y no haya que recurrir a ella (el hábito se hace crónico).
Pasado este interludio político el maltrato de género, las vuelve a poner enfiladas en al misma dirección y sentido en que aparte de las condenas y manifestaciones, lo verdaderamente importante y eficaz es denunciar recurriendo a la Justicia; por que si no como no vaya el tío La Vara, la naturaleza humana seguirá dando palos en la oscuridad, mientras busca una salida definitiva, que no existe para los que se consideran malditos en esta bola que gira por el universo sin saber adonde va.
Cordial
Antefaz